ALAS PARA VOLAR Y REPARAR

LAWRENCEVILLE, GEORGIA. –
Han transcurrido 38 años desde que la vida de Daniela Díaz dio un giro inesperado en México, su tierra natal.
En la intimidad de su hogar en Lawrenceville, serena y amable, con una mirada cristalina que transmite fortaleza, la ingeniera de sistemas, madre y abuela de 49 años abre su corazón a Prensa Atlanta para compartir algunos de los capítulos que han marcado su existencia: el accidente que transformó su vida, su temprana maternidad, su preparación académica, sus hábitos saludables y, sobre todo, su inquebrantable deseo de superación.
La dura experiencia no logró detenerla. Por el contrario, cada obstáculo terminó convirtiéndose en una lección y cada reto superado, en una nueva victoria.
Cuando Daniela tenía apenas 11 años, la curiosidad y las travesuras propias de una niña la llevaron hasta la azotea de un edificio. Allí intentó alcanzar un pequeño pájaro que se encontraba posado sobre un cable de alta tensión.
En cuestión de segundos recibió una poderosa descarga eléctrica. Su cuerpo salió despedido y cayó inconsciente desde el segundo piso del inmueble.
Las graves heridas sufridas como consecuencia del accidente obligaron a los médicos a amputarle ambas manos.
“No recuerdo mucho de ese momento porque me desmayé”, relata.
Sin embargo, uno de los momentos más difíciles llegaría después, cuando salió del hospital y regresó a casa. Fue entonces cuando comenzó a comprender que muchas de las actividades cotidianas que antes realizaba de manera natural tendrían que ser aprendidas nuevamente.
Para aquella niña acostumbrada a correr, jugar al aire libre y colgarse de los pasamanos del parque, el mundo había cambiado para siempre.
LECCIONES MÁS ALLÁ DE LAS AULAS
Daniela era todavía una estudiante de primaria, pero la materia más difícil de su vida no sería Matemáticas, Ciencias o Historia.
Su gran aprendizaje consistiría en descubrir cómo desenvolverse sin dos partes fundamentales del cuerpo humano.
Comenzó por lo esencial: aprender a cuidar de su higiene personal, vestirse, alimentarse por sí misma y desarrollar independencia en un entorno que no siempre estaba diseñado para una persona con sus circunstancias.
Cada actividad representaba un desafío. Cada pequeño avance significaba una conquista.
A los 20 años se convirtió en madre. Los primeros días con su pequeña hija fueron especialmente desafiantes.
“Mi madre me apoyó”, recuerda.
Pero también hubo momentos de profunda frustración y soledad.
“He sentido soledad. Me he frustrado y he llorado muchas veces”, confiesa. “Sí, he querido tener manos, sobre todo cuando mi hija era pequeña. También cuando quería sostenerme de algo y no podía hacerlo”.
El accidente también dejó en ella un intenso temor a las alturas. Durante años sintió pánico, pero poco a poco decidió enfrentarlo.
Hoy incluso se atreve a desafiarlo desde las alturas. “En mi viaje a Puerto Rico me subí a un zipline. Lo logré y fue increíble”, recuerda emocionada.
“Estiré los brazos como alas y sentí una gran libertad”.
APASIONADA POR LA INGENIERÍA
Daniela emigró a Estados Unidos cuando tenía 13 años. Aquí continuó sus estudios, aprendió inglés y, tras graduarse de la escuela secundaria, cursó estudios universitarios en Ingeniería de
Sistemas.
Actualmente trabaja para una empresa privada en el área tecnológica, desarrollándose en campos relacionados con software, aplicaciones, bases de datos, redes y servidores.
El 1 de mayo de 2027 cumplirá 50 años.
Y tiene muchas razones para celebrar.
Daniela conduce, cocina, trabaja, se ejercita diariamente, participa en reuniones, viaja y crea contenido para sus redes sociales. Es una mujer polifacética que se ha negado a permitir que una circunstancia física determine los límites de su existencia.
Uno de sus mayores sueños es escribir un libro autobiográfico en el que pueda narrar su proceso de dolor, adaptación, crecimiento y transformación, con la esperanza de que su experiencia pueda servir de inspiración para otras personas.
Al preguntarle cuál ha sido el motor que le ha permitido construir una vida plena y fructífera, Daniela no duda en señalar dos pilares: su fe en Dios y el amor incondicional por su única hija.
Hoy, casi cuatro décadas después de aquel accidente, su historia no se define por aquello que perdió, sino por todo lo que aprendió a construir.
Daniela encontró sus propias alas para volar y para repararse a sí misma.
—¿Cómo te gustaría que te recuerden cuando ya no estés?
“Como una mujer de fe, que luchó a pesar de los cambios y nunca se rindió. Quiero que me recuerden como una mujer que dejó un legado y demostró que sí se puede”.
“Durante mucho tiempo pensé que mi lucha era solamente personal, hasta que comprendí que mi historia podía convertirse en una luz para otras personas. Al observar a quienes atraviesan situaciones difíciles —personas que, como yo alguna vez, no sabían cómo comenzar de nuevo— nació en mí el deseo de compartir lo que había aprendido”.
“Mi historia no es solamente la historia de una niña que perdió sus manos. Es la historia de una mujer que aprendió a construir una vida plena sin ellas. Es la historia de una madre, una profesionista y una emprendedora que decidió convertir sus heridas en fortaleza, sus obstáculos en aprendizaje y su experiencia en una misión de servicio”.












