En el colegio también se aprendía a callar

Share:

Por: Javier Elizalde.

La denuncia de agresión sexual contra un estudiante del Liceo Naval Almirante Guise me hizo recordar cosas que creía lejanas. Según la denuncia, varios compañeros lo inmovilizaron y lo agredieron dentro de un bus escolar. La Fiscalía investiga lo ocurrido. (atv.pe, larepublica.pe)

El abuso sexual tiene una gravedad propia. No voy a comparar lo que sufrió ese muchacho con las cachetadas que recibí yo. Pero la noticia me devolvió a los años en que el colegio podía ser un lugar donde algunos niños aprendíamos a sentir vergüenza y otros aprendían que podían hacer daño delante de todos.

Estuve en el colegio entre 1970 y 1981. Recuerdo a los maestros y a los encargados de vigilar nuestra conducta caminando entre las filas de alumnos, formados casi militarmente, con un palo en la mano. Parecían pastores cuidando ovejas, solo que cualquier oveja que saliera de la fila podía llevarse un palazo. A veces bastaba con reírse por una tontería, como hacen los niños.

También recuerdo las cachetadas. El ruido, la cara ardiendo, el rojo que uno sentía antes de verse en un espejo. ¿Cuántas recibí? No lo sé. Lo extraño es que yo seguía riéndome. Hoy pienso que quizá reía de vergüenza, porque no sabía qué otra cosa hacer mientras me golpeaban delante de todos. El dolor físico pasaba. El golpe a la autoestima tardaba bastante más.

Vi también a muchachos mayores, de catorce o quince años, manosear a otros chicos solo porque eran más fuertes. Lo hacían delante de todos. Y todos mirábamos. Yo también. Recuerdo a un chico que no quería que lo tocaran por detrás. El otro lo sujetaba y parecía inmovilizarlo incluso con la mirada. Nosotros seguíamos allí, mirando, como si fuera normal.
¿Dónde estará hoy ese chico? No sé qué recuerda de aquello. Yo recuerdo que no hice nada. Éramos menores, sí, pero eso no borra la incomodidad que siento ahora al pensar en él. Me pregunto cuántos adultos lo vieron y tampoco hicieron nada.

En ese colegio, que se llamaba religioso, recuerdo haber visto durante un partido de básquetbol en el coliseo Champagnat al entrenador y a un sacerdote encargado del deporte tocarse y reírse en público. Me produjo vergüenza y desconcierto. En un campamento vi y escuché cosas que todavía me cuesta poner por escrito.
Yo dirigía una revista escolar. Publicamos un artículo que hablaba de la homosexualidad y mencionaba a algunos maestros y sacerdotes. El director censuró la revista. La homosexualidad no es un abuso; no quiero confundirla con lo que he contado. Lo que recuerdo de aquel episodio es que, cuando los alumnos intentamos escribir sobre un asunto que involucraba a adultos del colegio, la autoridad impidió que el artículo circulara.

Me alegra que hoy se denuncien conductas que antes muchos mandaban callar. Pero una denuncia necesita algo más que indignación pública: necesita que los adultos escuchen, protejan a quien habla e investiguen sin cuidar primero el nombre de la institución.

A veces quienes fuimos maltratados terminamos justificando a quienes nos maltrataron. «Así era antes.» «Nos hizo fuertes.» Tal vez sea una manera de no mirar de frente al niño que fuimos. A mí las cachetadas no me hicieron más fuerte. Me enseñaron a reírme mientras me daba vergüenza.

Ojalá al muchacho del Liceo Naval lo escuchen y lo cuiden. Y ojalá aquel chico al que vi inmovilizado alguna vez haya encontrado a alguien que hiciera lo que nosotros no hicimos: acercarse y decirle que aquello estaba mal.

Share: